La turba tuitera

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Guillermo Zapata durante la rueda de prensa en la que anunció su renuncia como responsable de Cultura y Deportes municipal. / Fernando Alvarado (Efe)

Tomo prestado para este post el título del último texto publicado en el diario El País por John Carlin, una de mis debilidades a la hora del análisis deportivo y del reportaje en general. Y lo tomo prestado porque es perfecto para encabezar un artículo sobre los últimos linchamientos que han tenido lugar en las redes sociales. La entradilla resulta al menos igual de impactante: “Las redes sociales pueden ser armas de destrucción masiva para la reputación de las personas”. El primer párrafo, impecable, no desmerece del resto: “Me alegro de haber decidido tomarme unas vacaciones de Twitter a principios de mes. Me salvé de caer en la tentación de ventilar mis reacciones a tres noticias que seguí con interés: la del concejal madrileño de Podemos y su chiste sobre los judíos; la del Nobel inglés de la ciencia verborreando sobre las debilidades biológicas de las mujeres; la de la activista estadounidense blanca que se decía negra”.

Impecable pero profundamente inquietante, seguramente por el tono que iba tomando el artículo de Carlin. “Me salvé de caer en la tentación de ventilar mis reacciones”, escribe el periodista. Twitter es para los opinadores lo que la pistola para los violentos: el camino a la perdición. Por eso tras el 'caso Zapata' los detractores de 140 caracteres se sienten cargados de razones. ¿Veis cómo era una trampa, una bomba de relojería, un escaparate donde ventilar reacciones? Las redes sociales impiden la reflexión e incitan al linchamiento. La turba tuitera, de la que habla Carlin.

Desconfío de los periodistas que no utilizan Twitter, que hablan mal de Twitter desde el desconocimiento, que lo consideran un invento demoníaco. Dudo de aquellos que tienen miedo a equivocarse, a resultar incómodos, a rectificar. De quienes no se consideran capaces de controlar sus reacciones en caliente. De quienes no consideran las redes sociales como una de las alternativas naturales a un periodismo que, como la vieja política, se consume sin poder dejar de mirarse un ombligo repleto de pelusa.

Me siento cómodo leyendo una edición impecable de Los Buddenbrook, de Mann. Y disfruto con las largas y jugosas entrevistas de Jot Down. Y me sorprendo y aprendo con los análisis a doble página, reflexivos y pausados, de Le Monde Diplomatique. Y me gusta Twitter a rabiar. La posibilidad de crear tu propia agenda, de seleccionar una red de fuentes de información, unida a la exigencia de sintetizar, a la urgencia en informar y ser informado, rebosando ese talento inminente, tan imperioso como necesario.

En los últimos cinco años he leído muchas más sandeces en los grandes periódicos que en Twitter. Y me he sentido infinitamente más ofendido viendo la televisión que leyendo tuits. ¿Zapata? Una víctima de su propia torpeza y de la jauría de perros rabiosos que forma la derecha mediática (El País incluido). Lo cazaron por culpa de unos chistes impresentables, pero si no, lo hubieran hecho por otros motivos, por diferentes deslices: seguían un rastro de sangre, y Twitter solo fue el lugar donde tuvo lugar el lance, la captura.

Los grandes medios de comunicación están repletos de exaltadas turbas. Y de trolls despiadados. Diarios, televisiones y radios son el hábitat de las muchedumbres más radicales, agresivas y peligrosas de este país. A su lado, Twitter es un balneario que controlamos de manera individual, a golpe de clic: silenciar, bloquear, mute… “Las redes sociales pueden convertirse en armas de destrucción masiva para las reputaciones de las personas”, insiste un Carlin que, afortunadamente, finaliza con un gran consejo, útil mucho más allá de las turbas tuiteras: “Antes de apretar el gatillo uno debería de respirar hondo, apelar más a la generosidad que a la vanidad farisaica que uno lleva dentro y reconocer que uno no posee ni la información ni la autoridad moral para enjuiciar a una persona de la que no sabe nada, y menos en 140 caracteres”.

5 Comments
  1. Selito says

    Personalmente, no me gustan las reds sociales. Me aburren, requieren un tiempo del que no dispongo o prefiero dedicarlo a otras cosas que me satisfacen más.
    Tengo FB por insitencia de un amigo (¡Hola, Carlos! 😉 ) que miro 1 vez al mes, si acaso y no tengo Twitter. Entre otras cosas, me echan para atrás ciertas prácticas abusivas de sus dueños, sobre todo en FB y no tengo el más mínimo interés de que cualquier imbécil al otro lado del mundo tenga información personal sobre mí, especialmente una que, en teoría, es privada, según el programa de turno.
    Sin embargo, entiendo su utilidad y que haya gente que le sepa sacar buen partido (aunque creo que hay mucho más borrego suelto, de los que le dan un ‘me gusta’ o similar a cualquier cuesco eyectado por otro borrego).
    Al fin y al cabo, no son más que herramientas, de esas que llevamos utilizando desde que a algún antepasado biológico descubrió que un palito servía para conseguir comida.
    Me lleva a una vieja disquisición: ¿Una pistola es algo bueno o malo? Ni lo uno ni lo otro: No es más que un objeto inanimado que, por si mismo, ni hace ni padece. Depende de la intención del que la utiliza, para matar, para defenderse, para cazar o de pisapapeles.
    Como siempre, es el Hombre el que cuenta, no la herramienta que ha creado ese mismo Hombre.

  2. Hesplendido says

    Hombre, Javier y John, seguro que habéis tenido la experiencia de identificar a un cafre en 140 caracteres, y menos…

  3. Retogenes says

    Las pistolas no son ni buenas ni malas en sí mismas, pero sí peligrosas.

    Entiendo que a los periodistas les encante Twitter, como a los militares una pistola. Pero es evidente que una frase ingeniosa o un exabrupto no pueden sustituir al análisis y la reflexión que requieren más tiempo y más de 140 caracteres. También es evidente que con más de 140 caracteres se pueden decir muchas idioteces. Pero sustituir textos más largos y meditados por Twitter es como sustituir mesas de diálogo diplomáticas por duelos a pistola, por seguir con la analogía.

  4. Albéniz says

    Retogenes: no se trata de sustituir. Es un error. Son dos formas diferentes, y compatibles, de entender la comunicación.

  5. Tamra Kaneakua says

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